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La prueba de la semana ausente: qué le pasa a su empresa cuando usted no está 

Son las siete y media y ya hay alguien esperándome en la puerta. Una compra que necesita mi firma. Un cliente que pide descuento y nadie se atreve a darlo sin mí. Un pedido atorado que todos ven y nadie mueve. A las diez ya apagué tres incendios y no he tocado nada de lo que pensaba hacer hoy. Vendemos más que hace cinco años. Somos más. Tenemos más clientes. Y yo trabajo más que nunca.

Si tiene una PyME, conoce esta mañana. Tal vez no con esas palabras, pero sí con esa sensación: su empresa camina mientras usted empuja.

Los dueños con los que trabajo lo resumen en una frase que ya sé que voy a oír:

«Crecimos más de lo que nos desarrollamos.»

Tienen razón. Y lo que les falta no es mercado: clientes tienen. Les falta algo más sencillo y más difícil a la vez. Yo le llamo forma.

La forma de su empresa no es el organigrama colgado en la pared ni el manual que se hizo para la certificación. Es la respuesta honesta a dos preguntas.

¿Cuánto de lo que se hace en su empresa está escrito y se usa? Las dos cosas. No cuenta el manual que nadie volvió a abrir. Cuenta la regla que alguien consulta cuando hay un problema, la descripción de puesto con la que de verdad se evalúa a la gente, el procedimiento que el nuevo aprende leyendo y no preguntándole al de al lado.

¿Cuánto de lo que se decide en su empresa pasa por usted? Esta se contesta contando: cuántas compras, cuántos descuentos, cuántas contrataciones, cuántas excepciones con un cliente esperan su visto bueno.

Si contestó «casi nada» a la primera y «casi todo» a la segunda, está donde está la mayoría. Y su empresa funciona. Funciona mientras usted alcanza a todo.

El problema es el día que ya no alcanza. La empresa no se cae de golpe: se desgasta. Todos trabajan muchísimo, las juntas no resuelven, las ventas suben y las utilidades no, y a usted el día no le da para nada. No es mala suerte ni mala gente. Es una empresa que creció y siguió vestida con la ropa de cuando era chica.

Esto no lo digo solo yo. Larry Greiner lo explicó hace más de cincuenta años en la Harvard Business Review: lo que hizo crecer a la empresa, un dueño metido en todo, es lo mismo que a cierto tamaño la frena. Eric Flamholtz, en UCLA, reunió los síntomas que usted acaba de leer. Si reconoció tres, ya sabe de qué hablo.

Antes de pagarle a nadie un diagnóstico, hágase uno. Toma media hora y no cuesta nada.

Imagine que la próxima semana no va a la empresa. No avisa. No contesta el teléfono. Ahora escriba tres listas:

  • Qué decisiones se quedarían paradas esperándolo.
  • Qué pagos o entregas se atrasarían.
  • Qué clientes notarían que usted no está.

Si las tres le salieron vacías, felicidades: puede dejar de leer aquí.

Si le salieron llenas, acaba de hacerse el diagnóstico más honesto del año. Cada renglón es una decisión que hoy solo usted toma o una regla que nadie ha escrito. Esas tres listas son su plan de trabajo.

Con las listas en la mano, lo natural es pensar en un sistema: un ERP, una plataforma, un tablero. Suena lógico. Si todo pasa por mí, que pase mejor por la computadora.

Aquí conviene hacerle caso a Toyota, la referencia obligada de la industria de esta ciudad. Su regla es vieja y sencilla: primero se ordena el trabajo, después se automatiza. Nunca al revés.

La razón es simple. Un sistema montado sobre el desorden no lo ordena: lo congela. El desorden que antes estaba en el pasillo ahora vive en la base de datos, y de ahí cuesta mucho más sacarlo.

Lo aprendí a golpes y hoy no lo negocio: la tecnología va después de la forma. Primero la rutina, después el puesto, después el sistema. No es un argumento contra la tecnología; es una cuestión de orden. Y las dos historias se repiten: la empresa que ya tiene forma se adapta a un sistema en meses. La que no la tiene lo sufre durante años.

No hay una sola puerta. Después de varios años de trabajar con empresas industriales, de distribución, comerciales y de servicios, veo tres. La suya depende de cómo amaneció su empresa.

Si vive apagando incendios —entregas que no salen, clientes molestos, usted todo el día en la operación—, empiece por una rutina. No por un diagnóstico: nadie hace el diagnóstico de una casa que se está quemando. Arranque una junta diaria de quince minutos con tres cosas sobre la mesa: una lista con lo que hoy no puede fallar, una bitácora con lo pendiente y lo que se descompuso, y un semáforo. Siempre las mismas cinco preguntas: qué nos comprometimos a hacer, qué se cumplió, qué falló, qué se hace hoy y quién lo hace. Una junta donde solo se informa no es rutina; es trámite. Reportar no es gestionar. Sabrá que la rutina ya quedó el día que la junta se haga, y se decida, tres semanas seguidas sin usted en la mesa.

Si está creciendo más rápido de lo que puede ordenar —vende más de lo que alcanza a administrar y el organigrama solo existe en papel—, empiece por escuchar. Siéntese con su equipo de dirección, luego con la gente de operación, y compare lo que dicen unos con lo que hacen otros. Esa distancia entre la oficina y la planta es justo lo que usted no alcanza a ver desde su silla. Después, póngale nombre a cada cosa: quién hace qué, con qué autoridad y con qué regla. La autoridad que no está asignada a alguien no existe. La que sí está asignada, obliga.

Si está pensando en quién se queda con esto —hijos que entran, socios que no se ponen de acuerdo, o usted que quiere salirse de la operación—, empiece por decidir quién manda en qué. Mientras eso no esté claro, nada de lo demás se puede aprobar. Hermann Simon estudió a un grupo de empresas medianas alemanas, familiares, líderes mundiales en lo suyo y casi desconocidas: las llamó «campeonas ocultas». Las que sobreviven a su fundador tienen algo en común, y no es el producto: tienen reglas claras de quién decide qué. El consejo no se mete a operar, el gerente no toma decisiones de dueño y el dueño escoge en qué silla se sienta. Una silla a la vez.

En las tres puertas aplica la misma regla: no se abre un frente sin cerrar el anterior. Y cerrar no es tener el documento; es usarlo. Una semana de juntas que funcionaron. Un cierre de mes con la nueva regla de quién autoriza. Un trimestre de consejo con acuerdos cumplidos.

Quizá al llegar aquí esté pensando: «Entonces lo que me está diciendo es que sobro».

Es exactamente al revés. Nada de esto busca que usted deje de ser importante. Busca que su empresa tenga la forma suficiente para que usted pueda escoger dónde estar, en lugar de tener que estar en todas partes. Y en las empresas donde se logra, pasa algo que se repite: cuando el dueño comprueba que puede soltar una decisión sin perder el control, suelta la siguiente.

La transformación de su empresa no empieza con una compra ni con una contratación. Empieza con dos preguntas que solo usted puede contestar: cuánto de lo que hacemos está escrito y se usa, y cuánto de lo que decidimos pasa por mí.

Aparte media hora esta semana y haga sus tres listas. Le van a decir más que cualquier ranking.

Y le adelanto lo que casi siempre piden primero. No es un sistema. Es una junta que decida sin usted.

Emilio García

Consultor CCM

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